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Nada al Respecto

 

Estoy increíblemente desilusionado; disgustado; enfurecido.

Nada va a cambiar, en la gran escala de las cosas, excepto aquellas cosas que están en el poder de uno.

 

El voto carece de valor cuando se ve la manera en la que los políticos hacen lo que quieren, cuando activamente buscan reescribir la historia, borrando la línea que separa lo veraz de lo falso.

 

Al final del día, la gente corrupta hace política para hacer plata.

Les importa un carajo el bien de sus respectivas naciones.

 

Basta con ver los atropellos (y asesinatos, y encubrimientos, y puertas giratorias) que ocurren a diario en Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, subyugado en su totalidad por un conjunto de traidores, miserables, psicópatas y degenerados que no hacen más que pasearse con impunidad, cooptando redes sociales y espacios televisivos repitiendo banalidades, frases hechas y desmoralización.

 

Pensé que nada de eso me iba a afectar, pero acabó por hacerlo a un punto que me preocupa en extremo. No veo ninguna salida a la vista, ni soluciones de fondo, ni auténtica intención de hacer justicia para todos.

 

Da tanto asco escuchar a un manojo de extranjeros dando lecciones de moral al ciudadano promedio, al tiempo que desfachatadamente muestran su "fidelidad" a banderas ajenas y pretenden horadar los cimientos de la civilización Occidental.

 

Me hace hervir la sangre ver siempre las mismas caras, escuchar los mismos discursos y ver siempre los mismos resultados. Big Tech hace lo que quiere, los jueces hacen lo que quieren, los criminales hacen lo que quieren.

 

Y NADIE hace NADA al respecto, excepto hablar, hablar, hablar y hablar.

 

Si eso pasa en la nación más grande de Occidente, qué nos queda al resto. Hace un par de lustros que me desprendí de todo vínculo cívico en mi país, y me dediqué -lo más silenciosamente que me fue posible- a ver qué onda afuera, con los que escriben las reglas, con los que dibujan los mapas, con los que repiten la propaganda de turno.

 

No veo ninguna solución en el conflicto armado ni en la insurrección, así como no la veo en los golpes de estado o las persecuciones, los encarcelamientos y los crímenes de lesa humanidad.

 

No veo solución en ejercer violencia, en tomar las cosas por la fuerza, de la misma forma que tampoco la veo leyendo ni escribiendo al respecto, porque nadie escucha.

 

La realidad es que 90% del mundo se convirtió en zombie; incapaz de articular un párrafo, de hacer cálculos mentales, de formularse interrogantes, de servirse de su propio entendimiento.

 

Gente que se conforma con vivir inmersos en su teléfono y fabricarse una realidad alternativa, mechando con emoticones sus frases hechas sacadas de Netflix o de YouTube. Gente que busca apoderarse de todo y ser mantenidos, en su pusilanimidad, por el resto de la gente que labura, que paga sus impuestos, que todavía hace un esfuerzo por expresarse con elocuencia, que todavía cree en el valor de la verdad, la justicia y la honestidad.

 

Todos los pilares que constituyen la civilización moderna están corroídos a un punto tal que no hay marcha atrás; el único imperativo moral es el consumo demente; la única forma de ganarse la vida es prostituyéndose en diferentes niveles; la única ley que prevalece es la de quien controla todo el dinero.

 

No tengo el más mínimo interés de seguir participando de esta vomitiva fantochada que ha arruinado todo aquello que valía la pena preservar en pos de acumular malhabida riqueza. Las cosas han llegado a un punto en el que, para bien o para mal, queda en manos de las siguientes generaciones.

 

Esas mismas generaciones a las que les violaron los sueños, les mataron la inocencia y les robaron la felicidad, demasiado obnubilados por la irresponsabilidad de sus padres que antes de que aprendierdan a leer, escribir, pensar o expresarse, les pusieron un teléfono adelante.

 

Cómo van a saber ellos qué está bien y qué está mal, qué es justo y qué es injusto, qué es un pensamiento propio y qué es una pieza de propaganda plantada por los mismos corruptos de siempre.

 

Lo único que puedo pensar es que mi generación les falló, como les fallaron sus padres (tal vez sobrepasados, tal vez adictos, tal vez "empoderados"), sus maestros (preocupados por cobrar un sueldo, no por impartir conocimiento) y sus representantes (que se guardan el vuelto de las asignaciones familiares, de los presupuestos para comedores escolares y de los subsidios para viviendas).

 

No veo ninguna salida, excepto crear una nueva alternativa.

Y eso, con muchísima suerte y un puñado de amistades, me lleve toda la vida.

 

La única forma de ganar el juego es no jugarlo.

Es hora de sacarse la camiseta, de apagar la radio, de dar el partido por finalizado, y dedicarse a construir otra cosa.-

 

 


 

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