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Chances, Intención, Retrospectiva

*  Cuanto más largo es tu email, menores son las chances  de que lo lea alguien que pueda sacarle provecho.      ** El precio de admisión a cualquier cosa extraordinaria  no es el talento, ni el capital;  es tener la intención de quedar mal  ante el público por un tiempo.       *** Si no sabés qué va a funcionar,  eliminá lo que no va a funcionar. A menudo,  lo que parece la decisión correcta en retrospectiva  era evitar la estupidez obvia en el momento.           

Eso, Ese, Esa, Esta

 

Hacia donde me lleve el cuerpo sin que la mente se entere.
La mente -mi mente- pretende demasiado control para justificar sus excesos.
Y mi cuerpo paga el precio. Pero últimamente es él 
quien parece estar tomando conciencia propia.

Entonces un día despierto deseando sentir el sol, 
como debió haber sido siempre.
Y la idea de arreglar la bicicleta o llegarme hasta 
El Parque Del Sur suena cada vez menos ridícula.

Igualmente, hoy salí. Me cambié, también.
Nos acostumbramos a no cambiarnos ni cambiar nuestro entorno.
Mucho menos, nuestros hábitos. Igual que una remera o pantalón,
así nomás nos los podríamos quitar, si realmente lo deseáramos...

Me cambié; bajé la escalera. 
Caminé hacia la plaza, a escasos metros de la Iglesia.

Ese es otro pensamiento que, además de revolucionario, más a menudo me frecuenta.
La voluntad -no la indiferencia- de Dios en los actos...
El servicio -y no los vicios- hacia Los Demás...
La gallardía -no la soberbia- de acatar Los Mandamientos...
estarán todavía en la Iglesia del Colegio...?
Su silencio me llama; a menudo con más y más frecuencia.
Sin beatitudes ni resplandores sagrados: sólo silencio y vacío.
Aire y agua. Las cosas que necesitamos para vivir, y damos por sentado.

Me senté en uno de los bancos 
pintados simbólicamente con sangre y luto.
Respiré profundo y mis ojos comenzaron a cerrarse,
rendidos ante el claro matinal de la luz y el canto de los pájaros.
 
Serena, la mente se calló, mientras el aire lentamente exhalaba.
Incluso con el gorro de lana puesto, sentí una parte de mi ceño 
dejar de fruncir, y simplemente ceder.
Imposible de resistir. Nada más que rendirse.
 
Habrán pasado no más de treinta segundos cuando abrí los ojos,
y el mundo se reveló ante mí igual que antes, pero más... brillante.
Cálido, presente, testigo. Durante segundos.
La luz emanando -no un reflejo- de todas las cosas.
Del dar porque tenemos demasiado y porque no hay nada que reflejar.

Y volví a casa con sahumerios de palo santo, una variedad para cada habitación.
 
Pensando en los templos y cómo el destino del dormitorio
sea finalmente el de una Iglesia del buen dormir.
El sitio donde reponer fuerzas; el altar en el cual ofrendarlas.
El confesionario del inconsciente, en sueños hilando plegarias.
Sin penitencia ni algarabía, sólo silencio y vacío para recuperar energías.
Y me pregunté qué sentirán los monjes Budistas cuando meditan bajo el agua helada
mientras me quitaba la remera, cavilando el desapego a la comodidad.

Y La Otra Habitación... la que contiene todo lo demás 
que en tiempo pasado o actual define mi identidad, 
mis ambiciones, mis héroes y mis obsesiones*.
 
Cómplice en la esperanza y en el delirio; en las promesas y en los estímulos.

La Otra Habitación importante, la que más precisa refacción y cuidados
ya devoró su palo santo mientras estas palabras terminaban de salir.
Esa que podría ser un libro, llevar mil Pomodoros de terapia y observación
aferrándose a mi mente mientras estoy -otra vez- sentado acá.

Es hora de dejar Eso salir. Es hora de buscar Ese lugar. Es hora de empezar Esa labor.
Es hora de vivir Esta vida.
 
 

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